Sobre la libertad y sus consecuencias

Tomas Donato/ febrero 3, 2026/ Espacio reflexivo/ 0 comentarios

Los últimos tiempos se hizo un frecuente énfasis en la importancia de la libertad de elección. Poder elegir la identidad, el control sobre el propio cuerpo, el estilo de vida, el tipo de sexualidad, e incluso el propio nombre.

A lo largo de años, se fueron conquistando fronteras, rompiendo tabúes, desarmando tradiciones o estructuras que limitaran la lista de posibilidades para las personas, y a la vez desautorizando cualquier mecanismo social que criticara o pusiera en tela de juicio el comportamiento de las personas, sea cual fuere el motivo. 

Pero, frente a tantas opciones, tantas posibilidades, poco se habla sobre como darse cuenta cuales serían las elecciones más favorables o sabias.

Al estar transitando mis 40, he empezado a hacer reflexiones sobre los cambios que fui viviendo desde mi juventud hasta ahora, y como mi forma de ver las realidades sociales fue cambiando. Una vez leí una idea que me parece más que interesante: la gente cuando es joven tiende a seguir ideologías liberales o progresistas, pero  conforme van creciendo y envejeciendo, la gente tiende a volverse más conservadora.

A menudo pienso que uno naturaliza las cosas que conoce desde joven, como si hubieran sido así desde siempre. Pero conforme pasa el tiempo, lo que era nuevo se vuelve viejo, y uno termina protegiendo ese mundo que naturalizó, defendiéndose de la nueva tanda de cambios que van ocurriendo nos gusten o no.

Es justamente este cambio que trae la edad lo que me lleva a pensar este asunto. De joven estaba la idea de que la libertad de elección era el valor más buscado. Mi generación heredó esa lucha que ya había iniciado la generación anterior. La transgresión sobre tabúes sociales y la conquista de libertades fue la prioridad en la agenda social. Creo que los últimos 20 años fueron testamento de ello, con todos los cambios que hubo.

Pero me llevó años ir dándome cuenta que el tener más libertad no garantiza mejores elecciones. Y muchas veces las estructuras, mientras pueden limitar las opciones, protegen a las personas de elecciones que pueden ser muy dañinas.

Anteriormente, la sociedad tenía una estructura que facilitaba el entrenamiento y preparación de las personas para la vida adulta, como era concebida en ese entonces. Los roles estaban definidos según el sexo: los varones debían prepararse para trabajar y para para sostener económicamente a una familia, y al mismo tiempo asumir la función de protegerla de las amenazas externas. A las mujeres las preparaban para ser madres y esposas, y también para ser las protectoras de los vínculos internos de la familia. 

Eran dos roles complementarios que favorecían el pasaje a la adultez, con responsabilidades valoradas socialmente y funcionales al desarrollo de la misma. Ese modelo entró en crisis porque era una estructura cerrada que limitaba múltiples posibilidades.

Como dije, muchas libertades se ganaron desde entonces. Pero esto trajo otro problema, quizás más grande y profundo que el que intentamos resolver. El exceso de posibilidades, sin una guía para crear una vida fecunda, o un mapa que permita navegar los peligros y trampas que la libertad presenta, llevó a la creación de generaciones que no tienen muy claro qué hacer con su vida. Al no tener ejes cardinales morales u orientativos, quedan presas a las tendencias, las modas, los impulsos, las manipulaciones. 

Ser libres implica que podemos obrar bien o mal, sea para nosotros mismos, para otros, o para nuestro entorno. La esencia de la libertad implica ser conscientes de la responsabilidad de nuestros actos. Y si somos conscientes, sabremos que no da lo mismo lo que hagamos con nuestra libertad. Que siempre hay consecuencias.

Pero esa parte de la historia fue curiosamente omitida en la gran cruzada por la búsqueda de libertad. Solo buscamos poder hacer más, sin sentir culpa ni ser mal vistos por los demás. Poder elegir sin que nadie se meta en nuestros asuntos. Pensamos la libertad como algo puramente individual, en vez de verlo como algo que impacta en los demás.

Hay un dicho que aprendí de niño: “tus derechos terminan donde empiezan los de los demás”. Ese concepto fue suprimido de la conciencia colectiva.  Y es justamente esa parte que quedó del lado oscuro de la discusión la que hizo que malinterpretáramos la libertad. Hacer lo que queramos es una versión pueril de la libertad, porque solo mira hacia el deseo efímero y superficial del individuo. Aspirar a una libertad madura exige una mirada más amplia. Ver el impacto y la influencia que tiene cada persona sobre las demás, y buscar tomar elecciones que nos permitan participar de manera que se genere valor no solo para el individuo, sino para el colectivo. Somos simultáneamente herederos y creadores de la sociedad. Nuestra responsabilidad es entender esa herencia y el deber de participar y hacer crecer el mundo al que pertenecemos. 

La libertad no se trata de definir propiedad y control, sino de la importancia de saber elegir sabiamente cual será nuestra participación en el mundo que ya existe.

El mundo que heredamos no necesitaba ser deconstruido, sino comprendido. Nada existe para quedar idéntico, el cambio es parte de la vida, de una forma u otra. Pero ser responsables sobre cuales cambios serán los necesarios y acertados, exige respeto por la herencia y compresión sobre la historia. Entender los desafíos de generaciones pasadas, al igual que el valor de las tradiciones heredadas. Una estructura es una construcción hecha con una finalidad. Sin conocer sus causas no se puede comprender su función. 

Y si lo analizamos con más profundidad, diría que no sólo fue la búsqueda de la libertad como rotura de limitaciones lo que caracterizó a mi generación. Fue la búsqueda de la libertad sin dolor ni consecuencias sociales (como la exclusión social). El querer desautorizar la crítica social implicaba callar mecanismos que generaran culpa. El dolor de la culpa fue una de las formas de sufrimiento psicológico más comunes en las generaciones que nos precedieron. De hecho, era un típico motivo de consulta en psicoterapia. Ahora, los motivos de consulta típicos son otros: ansiedad, depresión, adicciones, trastornos vinculados a la impulsividad. Y esto no es casual.

La función misma del dolor es correctiva. Busca llamar nuestra atención a  una herida o daño en nuestro cuerpo. Quienes no sienten dolor físico al lesionarse (como les ocurre a los leprosos) están más en peligro de morir, dado que no pueden protegerse del daño ni tomar acciones para repararlo a tiempo. Las enfermedades silenciosas pueden ser las mas peligrosas, justamente porque no se anuncian hasta que es demasiado tarde. El dolor nos ayuda a prestar atención, a aprender de lo que hacemos y qué impacto tiene sobre nosotros mismos y quienes nos rodean. 

La culpa en particular, es una señal de dolor que se activa cuando rompemos con un reglamento social que internalizamos. En otras palabras, los mecanismos de corrección social que son externos (exclusión social, críticas, ser mal vistos, etc), también se internalizan y operan intrapsíquicamente, como autocríticas y el sentimiento de culpa que mencionamos. Al haber intentado evitar el dolor de la crítica social o el sentimiento de culpa, perdimos herramientas para poder orientarnos y saber cuando estamos obrando mal. 

El problema con la supuesta “libertad sin consecuencias”, es que, si bien se pueden evitar las consecuencias sociales hasta cierto grado, hay consecuencias que impone la realidad, y esas son inevitables. Cuando una familia educa a sus hijos e instala un sentimiento de culpa es para protegerlos de esas consecuencias. 

Una persona que no cuida su salud enfermará tarde o temprano. Una persona antisocial hará enemigos y encontrará inevitablemente personas que la lastimen. Una persona ingenua no tardará en ser abusada por los depredadores de la sociedad. Una persona descuidada e imprudente juega un juego de ruleta rusa, hasta el día que la bala se presente y esto signifique muerte o lesión grave.

Lo que quiero decir, es que no existe la libertad sin consecuencias. Obrar sabiamente es saber que libertad y responsabilidad son hermanas inseparables. Y desconocer la responsabilidad nos hace muy malos en el juego de ser libres. Quien es prudente sabe que la vida viene con limitaciones, e intentar romperlas siempre supone un precio. Al igual que Ícaro, podemos morir por volar demasiado cerca del sol. 

Es preciso que reconozcamos prontamente esta simple verdad, en estos tiempos donde la humanidad está haciendo realidad cosas que hasta hace poco solo existían en ciencia ficción. Solo podremos ser verdaderamente libres cuando aspiremos a ser verdaderamente sabios en nuestras elecciones, y responsables de las consecuencias que conlleven.


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Acerca de Tomas Donato

Soy psicoterapeuta individual y de pareja con más de 10 años de experiencia. Mi objetivo profesional es ayudar a las personas a vivir mejores vidas. Por eso mi pasión es la filosofía y la psicología orientadas al desarrollo personal.

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